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sábado, 26 de julio de 2014

6. Las dos monedas

Luego de comer, algunos de nuestros hermanos refugiados sirios se fueron a dormir, incluyendo los dos que sabían inglés, mientras los demás me invitaron a “hablar”.  Ellos sabían que yo no hablaba  árabe, pero era tan grande su deseo de compartir lo que habían vivido que empezaron a “hablarme” con gestos.  Obahdah, un joven de 17 años empezó a contarme cómo era Siria y cómo había visto la violencia y la muerte, demostrándome cómo las bombas caían por todas partes, destruyendo los edificios y despedazando a las personas.  Con sus gestos también me mostraba cómo mataban a las personas con ametralladoras.  Se desahogaba, luego de tanto tiempo de sufrimiento y angustia, de no saber si sobreviviría, cuando finalmente se encontraba en un lugar tranquilo.


Fue un momento muy profundo de comunión, él hacía de todo para darse a entender y yo hacía  todo lo posible para comprenderlo. Nos quedamos “hablando” hasta las 6:30am, cuando al concluir me dio un abrazo y sonrió, puso su mano en su bolsillo y sacó dos monedas de Siria.  Miró las dos monedas como si toda su historia estuviera resumida en ellas, extendiendo la mano las mostró y me hizo señas de que las cogiera.  

  Sentía que me confiaba su vida y la vida del pueblo sirio,donde ya han muerto más de 5,000 personas.

La luz del nuevo día que iluminaba sus rostros era signo de la esperanza de estos jóvenes que habían tenido la suerte de sobrevivir los horrores de la guerra y los peligros de la travesía.  Recemos por Siria, Israel, Palestina..., recemos por la paz del mundo.









He decidido compartir estas “dos monedas” (que aún custodio), pues siento que no me pertenecen 
sólo a mí.   Te las confío como Obahdah me las confío a mí. Te puedes quedar con una para recordarte de rezar y la otra la puedes regalar a un amigo compartiendo la vida de nuestros hermanos refugiados sirios y todos los que sufren por la violencia.  Son signo de nuestra solidaridad con ellos y nuestro compromiso de oración.











lunes, 21 de julio de 2014

5. Pan partido, vida compartida



Pane spezzato, vita condivisa

Traduco dopo due anni questo blog del quale mi sono ricordato oggi, festa di Corpus Domini.  Scendono dal bus un gruppo di rifugiati siriani. Il mediatore culturale che li accompagna ci presenta.  Mi introduce a Abdurahman di 50 anni e che parla un buon inglese.  Contemplo il suo volto e mi sembra di vedere Gesù: uomo forte, barba, la pele brucciata dal sole, sguardo profondo. Gli acompagno a “Betel”, la casa che abbiamo preparato per accoglierli e gli offro qualcosa da mangiare.  Volevano andare a riposare, ma vedendo il cibo spalancano gli occhi e accetano.
Ci sediamo tutti a torno alla tavola, apro alcuni scatolami di tonno su un piatto.  Gli do del pane e inizianno a spezzarlo, e lo utilizzano come “cucchiaio” per mangiare il tonno.  “è da quattro giorni che non mangiamo” spiega il papà.  Uno dei figli, vedendo che io non avevo presso cibo, guarda il suo pane, e senza pensarlo due volte lo spezza e mi offre la metà.  Sono rimasto senza parole davanti a questo giovani che con grande  generosità ha condiviso il primo cibo che aveva visto da quattro giorni.  Abdurahman vedendo la scena disse: ““like Jesus, who broke the bread” (come Gesù che spezzò il pane con i discepoli). 
In quel momento si aprirono i miei occhi come ai discepoli di Emmaus (Lc 24, 13-35), ricordo ancora molto bene la sensazione, di sentirmi in mezzo alla Frazione del pane, quel cibo condiviso, quel pane e quel pesce (tonno) condiviso erano un “sacramento”, segno visibile della verità che tutti siamo figli dello stesso Padre che ci ama e alimenta.  Ma la cosa che magari più ti sorprenderà e sapere che queste sette persone sono… musulmani..sì, musulmani.  Questo incontro mi ha aiutato a superare dei pregiudizi che avevo e a cogliere
Oggi, passati due anni di questo incontro e leggendo il Vangelo della moltiplicazione dei pani e dei pesci ho rivissuto nel mio cuore questo incontro meraviglioso che ho desiderato condividere anche con te. 

Gesù si dona come pane per essere condiviso. Non chiudiamo i nostri cuori alla condivisione 



Pan partido, vida compartida

El 31 de mayo 2014 llegaron más de 3,000 migrantes a Lampedusa y Pozzallo, islas al sur de Sicilia, Italia*.  Nos llega la llamada de la Prefectura: ¿pueden acoger a algunos?  Llegarán a la media noche.  Luego de la primera atención que reciben en el lugar de llegada, inmediatamente  empiezan a ser distribuidos en las diversas provincias de Italia.  Un avión militar los lleva hasta el aeropuerto de Verona.  De allí toman un bus que les van dejando en diversos centros de acogida.  Finalmente llegan a las 4:00am. Son siete sirianos, incluyendo una pareja joven y algunos son bastante jovencitos.  El pueblo de Siria se encuentra devastado por meses de guerra por el control del país.  Muchos cristianos son perseguidos**. 


Empiezan a bajar del bus; inmediatamente percibo como los rasgos sirianos son diversos a los de los hermanos eritreos que habíamos acogido.  El mediador cultural nos los presenta y nos indica al mayor de ellos, Abdurahman de 50 años, que habla un buen inglés.  Contemplando su rostro me parece mirar los rasgos de Jesús: hombre fuerte y trabajador, barba, tez quemada por el sol, mirada profunda.  Les acompaño a Betel, la casa donde los acogemos y le ofrezco algo de comer.  Responden que no, porque están agotados y prefieren ir a descansar.  Al mostrarle la comida se animan.  
Nos sentamos todos en la mesa, abrimos unas latas de atún sobre un plato.  Les doy el pan y empiezan a partirlo y a usarlo como “cuchara” para comer el atún.  Me dicen que hace 4 días que no comen. Abdurahman me ofrece pan.  Le hice señas de que no deseaba: en verdad, yo tenía mucho sueño y estaba loco por ir a dormir.  Uno de sus hijos, el que estaba a mi izquierda, partió su pan en dos y extendió su mano para ofrecérmelo.  Yo acogí su gesto generoso, maravillado por el desprendimiento de este joven que es capaz de compartir la primera comida que veía luego de cuatro días.  Abdurahman nos dice: “like Jesus, who broke the bread” (cómo Jesús que partió el pan). 
 Enese momento se me abrieron los ojos como a los discípulos de Emaús, (Lucas 24,13-35) sentía que estábamos viviendo la Fracción del Pan, esa comida era un “sacramento”, signo visible de la verdad de que todos somos hijos de un Padre que nos ama y alimenta.  Tal vez a este punto todos se sorprendan al saber que estos 7 hermanos son... musulmanes...  sí, musulmanes.  Son estos encuentros personales que nos ayudan a romper los prejuicios que nos construimos y nos permiten comprender que las acciones de un grupo no se pueden atribuir a todo un pueblo o a una religión.  En nuestro mundo tan dividido por los prejuicios ante la diversidad, recemos por la paz en Siria, en Israel y Palestina y en el mundo entero.  Oremos y trabajemos para que un día podamos sentarnos todos juntos a la mesa para partir el pan y compartir la vida.


Un gesto concreto que podemos hacer para comenzar este cambio es invitar a alguien que piensa diverso a mí, no sólo para darle de comer sino para conocernos mutuamente.  Compartamos el pan, compartamos la vida...sembremos diálogo, cosecharemos paz. Invito a mis hermanos sacerdotes a celebrar una misa por la reconciliación según aparece en el Misal.

domingo, 13 de julio de 2014

4. "Caminante no hay camino..."

Han pasado pocos días desde que llegaron nuestros hermanos eritreos, pero ya se han ido 9 de ellos.  Tienen miedo a quedarse en los lugares de acogida, pues no desean que le tomen las huellas digitales. Saben que si comienzan el proceso en Italia será más difícil continuar su camino hacia otros países de Europa donde tienen amigos o familiares. Solamente se ha quedado Osman, pues necesita atención médica.  Mientras lo acompaño al hospital me cuenta lo que le sucedió. 

La represión que sufría en su tierra le hizo partir ya hace dos años, moviéndose hacia Etiopía.  Luego de varios meses decidió comenzar el viaje para llegar a Europa. 


El primer trayecto, mucho antes de atraversar el mar, es cruzar el desierto del Sahara para llegar a Trípoli, Libia.  A través de diversos camiones y medios debe cruzar más de 3,300km (!Sería como de Mayagüez a Chicago, o de Lima a Buenos Aires!) El viaje es incómodo y peligroso, de una a dos semanas, a veces en condiciones como se ve en la foto. 


Mientras viajaba junto a muchos otros migrantes, se le explotó una llanta al camión y perdieron el control.  El camión se volcó.  La llanta de repuesta del camión calló sobre uno de ellos y lo mató.  Otro falleció por los golpes.  Tuvieron que esperar varias horas en medio del desierto para que llegara otro camión para recogerles. 

Ya han pasado dos meses del accidente, pero todavía continúa con fuertes dolores en el pecho y dificultad para respirar.  Los exámenes mostraron que se había roto seis costillas y la clavícula, pero gracias a Dios los pulmones no fueron perforados y ya se estaba sanando.  Durante esos días en nuestra comunidad se hace uno con nosotros, se pone al servicio, lavando los platos y arreglando el comedor.  Le caracteriza su sonrisa, su cortesía, sus ojos que reflejan un alma pura. 
Más sereno por los resultados Osman decide continuar su camino y al despedirse nos dice: “I left my family, but found a new family.” (“Deje mi familia, pero encontré una nueva familia”). Y así nuestro nuevo amigo continúa su camino hacia otra tierra y a mí me deja reflexionando sobre el peregrinaje que es la vida. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar...” dice Antonio Machado y canta Joan Manuel Serrat. 


Gracias Osman por ayudarme a comprender que en el camino de la vida hay accidentes y hay heridas  pero eso no debe detenernos.  Las golpes no nos deben asustar, ni apagar la alegría de nuestros rostros, pues son sólo versos del poema de la vida.   Gracias a cada uno de ustedes, compañeros del camino, que animan a seguir adelante.  Gracias a ti Osman por ser familia con nosotros. 

Juntos seguimos rezando por nuestros hermanos que transcurren un camino tan arduo y largo para sobrevivir.  Invito a mis hermanos sacerdotes que puedan ofrecer una Misa por los migrantes según aparece en el Misal.

miércoles, 9 de julio de 2014

3. “A la cuarta va la vencida”

En mi tierra hay un dicho: “A la tercera va la vencida”, expresión sencilla de un pueblo que enseña a las nuevas generaciones a no darse por vencido, a no desanimarse por los  “cantasos” de la vida, sino a levantarse y perseverar.  Esta frase que me decían mis abuelos ha adquirido un nuevo significado al conocer lo que viven miles de migrantes:

Luego de que nuestros hermanos eritreos descansaron han almorzado con nosotros.  Me senté junto a uno de ellos que hablaba inglés y le pregunté sobre el viaje que habían enfrentado.  Me contó como esta era la cuarta vez que él intentaba llegar a Italia. La primera vez pagó 1,000 dólares, la segunda también, la tercera 600 y la última 1,600.

Partiendo de Eritrea tuvo que enfrentar un largo viaje por el desierto para llegar a Libia.  Una vez que llegó allí tuvo que trabajar y ahorrar durante meses para poder pagar el viaje.  Luego de cada intento tenía que trabajar para ahorrar lo necesario.  La primera vez la policía de Libia los atrapó cuando estaban por partir y lo metieron a la cárcel.  Sus familiares tuvieron que pagar para poder salir de la cárcel.  La segunda vez lograron partir, pero se encontraron con mal tiempo y quien navegaba se asustó y les confesó que no sabía navegar bien. Por eso regresaron.

Luego de estos dos intentos fallidos, aumentaba la ansiedad, y para no tener que esperar más tiempo la tercera vez pagó por una embarcación más económica.  Durante el viaje la nave empezó a dañarse, el motor no funcionaba bien.  Todavía le faltaban 15 horas para llegar a aguas internacionales, decidieron regresar para salvar sus vidas. 

Finalmente decidió esperar, ahorrar aún más para poder pagar por una embarcación más segura y aumentar las posibilidades de su viaje.  En esta cuarta travesía lograron llegar a aguas internacionales donde fueron recogidos por la Italia en un programa conocido como “Mare Nostrum”. 


Así como este grupo de Eritreos, son miles los que están llegando a Italia a través de estos peligrosísimos viajes.  Según los datos de “Save the Children” del 1 de enero al 17 de junio de este año han llegado más de 58,000 migrantes, de estos más de 5,300 mujeres, más de 9,000 menores  de edad, de los cuales más de 3,160 de ellos acompañados por adultos.  Los demás niños y jóvenes fueron enviados solos porque sus padres no tenía los medios para poder pagar el viaje de otros familiares. 


El 3 de octubre de 2013 murieron 366 prófugos eritreos, entre ellos muchos niños y mujeres en este peligroso viaje. 

El papa Francisco se pronunció inmediatamente ante lo sucedido y también decidió ir a Lampedusa, para rezar por los difuntos e invitar a todos a no permanecer indiferentes ante esta realidad.

Para ayudar a tomar conciencia de la situación que enfrentan estos migrantes “Save the children” ha creado un perfil facebook ficticio como si fuese Bereket, un adolescente de 15 años que cada día escribe en su perfil lo que va viviendo a través de su recorrido. https://www.facebook.com/ilviaggiodibereket

martes, 1 de julio de 2014

"4123"

“Non sono un numero, sono una persona”


Erano le quattro della notte, le luce della sirena della macchina della polizia tagliano il buio della notte.  Dopo arriva un pullman grande, si apre la porta e cominciano a scendere, uno dopo l'altro, volti giovani, un adulto, una giovane.  Tutti i dieci sono dell'Eritrea.  I loro sguardi fanno vedere la stanchezza e la sfiducia.  I poliziotti uniformati creano un clima di tensione, sopratutto per questi giovani.  Solo Dio sa quali esperienze avranno vissuto nel passato con l'esercito o la polizia del loro paese.  Il mediatore culturale che gli accompagna nel bus ci presenta (hanno già lasciato altri 20 rifugiati in altre due centri di accoglienza) e parlando con loro in arabe li spiega che noi li accoglieremo e che lui rimarrà in contatto.

Una volta che i poliziotti vanno via, cominciano a tranquillizzarsi, si guardano sul specchio, quasi come prendendo coscienza che erano vivi.  Si bagnano la faccia con acqua fresca, dopo giorni di essere in contatto solo con l'acqua salata dal mare.  Sospirano come per integrare i pericoli così grandi che hanno sopravvissuto in queste settimane.

Uno di loro, Dawd, guardò suo pulso e vedendo il braccialetto di carta che lo identificava con un numero, lo , lo gettò per terra.  Un segno semplice, ma di immensa profondità, che ugualmente imitano altri due dei suoi compagni.  Questi giovani che hanno lasciato l'Eritrea per liberarsi d'un governo autoritario e che hanno rischiato la vita per la loro libertà, “rompevano le loro catene”.*

Dopo alcune ore, sono tornato per ricuperare i loro braccialetti di carta. Due di loro sono stati roti giusto dove c'era il numero d'identificazione, nell'altra si vedeva il numero “4123”.  Mi sono ricordato del salmo 8 che racconta le meraviglie della creazione di Dio e che, parlando del uomo, dice: Lo hai coronato di gloria e dignità.  Il gesto di questi giovani è rimasto nel mio cuore, era come se dicessero se stessi: “Io non sono un numero, io sono una persona.”

Aiutaci Signore a riconoscere la dignità che Tu hai donato ad ogni essere umano.  Dacci la fortezza, così insieme possiamo rompere tutti i tipi di catene che pretendono negare loro quella dignità.



"No soy un número, soy una persona"


Eran las 4:00 de la madrugada, las luces de la sirena del carro de la policía cortan la oscuridad de la noche.  Detrás llega un bus grande, se abre la puerta y empiezan a bajar, uno a uno, rostros jóvenes, un adulto, una joven. Los 10 son de Eritrea. Sus miradas mostraban cansancio y desconfianza. Los policías uniformados creaban un clima de tensión, sobre todo para estos jóvenes, sólo Dios sabe qué experiencias habrán vivido en su pasado con el ejército o la policía de su país.  El mediador cultural que los acompañaba en el bus nos los presenta (ya han dejado a otros 20 refugiados en otros 2 lugares de acogida) y hablándole en árabe le explica que nosotros los acogeremos y que él estará en contacto. 
Una vez que se fue la policía empezaron a tranquilizarse, se miraban al espejo, casi como tomando conciencia de que estaban vivos, se echaban agua fresca en la cara, luego de días de estar en contacto sólo con el agua salada del mar.  Suspiraban como para integrar los peligros tan inmensos que habían sobrevivido en estas semanas.
Uno de ellos miró su muñeca y viendo la “púlsera” que lo identificaba se la arrancó y la botó.  Un signo sencillo, pero de inmensa profundidad, que de igual manera imitan dos de sus compañeros.  Este joven que dejaba Eritrea para liberarse de un gobierno autoritario y que había arriesgado su vida por su libertad, rompía las cadenas.*

Luego de unas horas, regresé para recuperar esa “púlsera”, vi el número 4123.  Las otras 2 pulseras se habían roto justo donde aparecía el número. Me recordé del salmo 8  que cuenta las maravillas de la creación de Dios y que al hablar del hombre dice: “Lo coronaste de gloria y dignidad”.  El gesto de estos jóvenes se quedó grabado en mi corazón, era como si se dijeran así mismo: “Yo no soy un número, yo soy una persona.”

Ayúdanos Señor a reconocer la dignidad que tú le has regalado a  cada ser humano. Danos la fortaleza para que juntos podamos  romper todos los  tipos de cadenas que pretenden negarle esa dignidad.

Para rezar el salmo 8 ofreciéndolo por tantas personas que se encuentran en situaciones no dignas clica aquí.
* Para conocer un poco más sobre la situación de Eritrea


"I'm not a number, I'm a human being"

It was 4 am in the morning, the flashing lights and siren of the police car cut through the night’s darkness. It was followed by a large bus, the doors opened and, one by one, the faces of several young boys, an adult and a young girl appeared. The ten of them were from Eritrea. Their faces showed tiredness, and suspicion. 

The uniformed policemen created an atmosphere of tension.  The cultural mediator that accompanied them on the bus introduced them (they had already taken another 20 refugees in two other refugee centers) and speaking to them in Arabic he explained that they would be staying with us and he would be in contact them.

Once the police were gone, they began to relax somewhat, they looked in the mirror almost as if they
 were coming to the realization that they were alive, they splashed cool water on their faces, after days of only being able to use seawater. They took deep breaths as if they were just comprehending the terrific dangers they had survived during these past weeks.

One of them looked at his wrist and seeing the identification bracelet, ripped it off and threw it away. simple gesture, but of great significance, and in the same way two others did the same. This young man who fled Eritrea in order to escape from a authoritarian government, and had risked his life for liberty, was breaking his chains.

Some hours later, I came back to pick up that bracelet, which had the number: 4123 written on it. The other two bracelets had broken right at the number. I remembered Psalm 8 that talks of the miracles of God’s creation and speaking of man says: “You have crowned him with glory and honor.” The actions of those young men has remained etched on my heart, it was is if they has said the same thing: “I am not a number, I am a human being.”

Help us, Lord, to recognized the dignity that you have given to each human being. Give us the strength  so that, together, we can break asunder all types of chains that wish to strip us of that dignity.